Benedicto XVI y el Islam: El beneficio de
la duda
Reforma, Mexico, D.F., October 1,
2006
Al parecer era demasiado esperar que Occidente, al
lidiar con el reto del Islam después de las atrocidades experimentadas
en Nueva York y Washington cinco años atrás, lo hiciera con un espíritu
de precaución, precisión y racionalidad, con lo que reflejaría los
valores por los que Occidente ha sido alabado durante tanto tiempo. En
cambio, con el paso del tiempo y al hacerse más profundo y serio el
temor al "choque de civilizaciones", la cobertura perspicaz sobre el
mundo musulmán se convierte en masa flácida e informe en los medios de
comunicación de la corriente principal, las interpretaciones
intelectuales que pretenden hacer distinciones en lugar de crear
confusión, son copiadas y vulgarizadas, por lo que resulta imposible
diferenciar a muchos de los que aseguran defender los valores liberales
y el diálogo abierto, a ambos lados de un abismo cada vez mayor, de los
intolerantes que sólo saben gritar. La prevalencia de opiniones
apresuradas y expresadas o escritas sin reflexión aparente no sirven de
ayuda en esta situación.
El esfuerzo por moderar el conflicto entre
culturas, posibilitando que a ambos lados se escuchen voces racionales,
parece condenado al fracaso. Las opiniones de los informados e
inteligentes seguirán ahogadas por el ingenio de quienes se sienten
orgullosos de su ignorancia y cinismo; las cuestiones más sutiles y
menos conocidas se transformarán en productos del mercado de masas para
el consumo de falsos intelectuales. En el caos de la retórica se
aplastará el instinto religioso hacia la meditación, el retiro del ruido
del mundo y el refinamiento de la espiritualidad.
Un ejemplo reciente del diálogo de sordos entre
musulmanes y no musulmanes hizo su estridente aparición tras la
controversia originada por las palabras del Papa Benedicto XVI en
conferencia sobre filosofía en una universidad de Baviera, Alemania. La
conferencia, aparentemente ser, no ha sido leída totalmente por muchas
personas fuera del entorno católico, y es extremadamente dudoso que si
se lee vaya a ser entendida por la gran mayoría del público. El texto
presenta un comentario católico sobre diferentes cuestiones filosóficas
que son impenetrables para el lector común, como lo parecerían los
argumentos de los teólogos musulmanes para quienes se encuentran fuera
de la élite de la comunidad islámica.
No soy experto en teología cristiana y no
intentaré dar una interpretación exhaustiva de la conferencia de
Benedicto, que, sin embargo, sí he leído entera. Soy un musulmán
tradicional y espiritual que durante mucho tiempo ha trabajado en
estrecha armonía con instituciones católicas, en solidaridad con
creyentes católicos oprimidos en lugares como Nicaragua y los Balcanes.
He publicado, y estoy en proceso de escribir más sobre la considerable
influencia del intelecto islámico sobre la sensibilidad católica; desde
la recuperación de la filosofía griega por Ibn Sina, persa del siglo 11,
e Ibn Rushd, árabe español del siglo 12 (Avicena y Averroes en
Occidente) hasta las lecturas de los clásicos sufíes por parte de los
místicos franciscanos del siglo 14 y sus sucesores católicos españoles.
El escándalo por la conferencia de Benedicto se
centra principalmente en un solo párrafo casi al principio, en el que el
Papa citó a Manuel II Paleólogo, gobernante bizantino (esto es,
cristiano del este europeo) en una agitada condena del Islam: "Muéstrame
también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente
cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de
la espada la fe que él predicaba". La cita parece casi gratuita, a
primera vista desconectada del resto del texto. Si por sí sola parece,
siendo benignos, que es incendiaria, en su contexto se ve rodeada por
una aureola de errores garrafales. Benedicto cita y rechaza un versículo
o ayat en el Corán: "no habrá obligatoriedad en la religión",
proporcionando la referencia textual correcta (2:256), pero confundiendo
un versículo con un surah o capítulo. El Papa también aventura cierto
análisis inexacto del lugar de este ayat en la cronología de la
revelación del Corán a Mahoma (la paz esté con él). Benedicto pasa a
elucubrar sobre los comentarios del mandatario bizantino como una
crítica a la propagación de la religión por la fuerza.
Existen otros problemas de inexactitud en la
conferencia. Benedicto se refiere al teólogo y teórico de la literatura
Ibn Hazm, árabe español del siglo 11, por el nombre incorrecto de "Ibn
Hazn" en referencias extraídas de una fuente secundaria, el estudioso
francés Roger Arnaldez. Benedicto adjudica a Ibn Hazm la creencia de que
Dios no sólo no necesitaba dotar a la humanidad con la verdad, sino que
podía haber mantenido a los habitantes de la Tierra en un estado de
idolatría. De esta manera, Benedicto intenta contrastar la aceptación de
la razón en el cristianismo con una negación de la razón divina en el
Islam.
El tema es extremadamente complejo y no ganará en
claridad con descalificaciones simplistas. Ibn Hazm nunca ha sido
considerado una figura de la corriente principal en el Islam, y también
tiene la desafortunada distinción, como apuntó el eminente estudioso de
la historia islámica Bernard Lewis, de ser el único pensador musulmán
del periodo clásico en escribir una polémica argumentada contra el
judaísmo como fe. Por desgracia, los escritos de Ibn Hazm, más que los
de cualquier otro musulmán prominente, han sido malinterpretados y
explotados por comentaristas modernos superficialmente, así que
Benedicto goza de numerosa compañía en esta cuestión. Y como opinión de
mi propia cosecha, Dios dejó a los antepasados de los cristianos y
judíos modernos en un estado de idolatría durante mucho tiempo antes de
la llegada de Abraham y Jesús; y la idolatría o politeísmo todavía
existe en muchas partes del mundo. No pretendo discutir los cimientos
del cristianismo con el Papa. Sin embargo, el Islam proclama a Adán (la
paz sea con él) como el primer profeta, lo cual implica que Dios, la
creación y la religión estaban íntimamente unidas desde el principio.
Los reportes sobre esta lamentable e improductiva
conmoción por lo general han ignorado su probable significado real. Es
muy dudoso que Benedicto pretendiera que sus comentarios reflexionaran
sobre el Islam. Más bien, el Papa deseaba desde hace mucho tiempo
mantener una reunión en Estambul, Turquía, programada para fechas
posteriores de este mismo año, con Bartolomeo I, el patriarca ecuménico
de Constantinopla (antiguo nombre de Estambul). Es muy posible que
Benedicto pretendiera que su referencia a un aristócrata bizantino y la
defensa general en su conferencia del legado griego, o helenismo --un
término con diferentes significados para creencias diferentes-- sirviera
de gesto conciliatorio hacia su contraparte en Estambul. Esto explicaría
por qué Benedicto sacó a la palestra a una figura bizantina que opinó en
un momento en el que el cisma entre Constantinopla y Roma ya existía
desde hacía unos 350 años, desde 1054. (Sería revelador comparar los
puntos de vista de Manuel II Paleólogo sobre el Islam con sus
sentimientos hacia los católicos, quienes habían saqueado Bizancio en
1203, 200 años antes de su comentario sobre la guerra santa. También
resultaría útil examinar las actitudes de los gobernantes bizantinos
hacia los judíos, que tenían un estatus menor con los griegos que con
los musulmanes).
La visita papal a Estambul había sido fijada
finalmente después de muchas obstrucciones por parte del Gobierno de la
República Turca. Los secularistas turcos, lejos de expresar un
resentimiento islámico hacia Benedicto, se sentían incómodos por una
reunión en la que Benedicto sería reconocido como cabeza del Estado del
Vaticano; esto es, de una entidad teocrática. Los turcos encontraron una
forma para que no se interrumpieran los planes de realizar la reunión;
pero, ¿se puede ahora reprochar a los turcos si piden que se aplace el
encuentro en territorio turco entre católicos y ortodoxos? En estos
momentos, se correrá un riesgo importante de agitación popular por parte
de islamistas extremistas, que es exactamente lo que el Gobierno turco
más teme. Sin embargo, resulta más desafortunado imaginar que el Papa y
el Patriarca Ecuménico intenten encontrar un terreno común para denigrar
a los musulmanes.
Se podría decir mucho más sobre este incidente. La
Iglesia cristiana sin duda superó a los musulmanes, a lo largo de la
historia, en conversiones por la espada y, si no fuera por un probable
deseo de mejorar las relaciones con los cristianos ortodoxos, es más que
un poco surrealista que el Papa saque el tema a colación. Soy quizá uno
en 10 millones de estadounidenses que sabe quiénes fueron los polabios,
livonios e ingrianos: tribus paganas reducidas a unos cuantos
supervivientes durante la cristianización por la fuerza del norte de
Europa. Todo el mundo recuerda el destino de los habitantes paganos del
Nuevo Mundo, las islas del Pacífico y otras localidades donde penetró la
espada del cristianismo. Existen hoy en día demagogos que dedican
considerables esfuerzos a condenar a los gobernantes musulmanes por
supuestamente tratar a los cristianos, judíos, zoroastrianos, hindúes y
otros creyentes sobre los que gobernaban como "súbditos de segunda" al
exigirles pagar un impuesto. Pero uno se pregunta cómo habrían
respondido los conquistadores españoles o los colonos de Massachusetts a
la sugerencia de que gravaran con impuestos a los pueblos nativos del
Nuevo Mundo en lugar de convertirlos o expulsarlos de sus tierras. Por
lo menos los hindúes sobrevivieron, en un número bastante grande, cuando
se compara con, por ejemplo, los aztecas. Sin embargo, ninguna de estas
cuestiones, independientemente de que estén ocultas o a la vista en los
medios de comunicación, son necesariamente relevantes para evitar el
choque de civilizaciones o incluso, a corto plazo, para disuadir a
algunos radicales musulmanes de utilizar la conferencia de Benedicto
como pretexto para promover su propia negación de la tolerancia.
La pregunta central es mucho más sencilla: ¿cómo
debe un líder cristiano tratar a los musulmanes o comentar sobre el
Islam?
Ningún musulmán tradicional, de la corriente
principal o conservador espera que el Papa o cualquier otra figura
religiosa no musulmana renuncie a la defensa de la revelación distintiva
que define a una comunidad de fe específica. Si el Papa anunciara de
repente que no hay diferencia entre el cristianismo y el Islam
(aplicando un vocabulario ecuménico kumbayá, esto es, de "fraternidad")
dejaría de existir mucha de la justificación para ocupar el trono papal,
o para que exista el Vaticano o la comunión católica. El líder de la
Iglesia católica romana está moralmente obligado a predicar su fe, a
sostener sus principios y a proteger a quienes lo siguen, de manera
elocuente y agresiva y, si es necesario, a defender la Iglesia por la
fuerza. Ningún musulmán en su sano juicio espera otra cosa. El Corán
enseña, además de a repudiar la obligatoriedad en la religión, que "yo
no adoro lo que tú adoras, ni tú adoras lo que yo adoro. Nunca adoraré
lo que tú adoras ni nunca adorarás lo que yo adoro. Tienes tu propia
religión y yo tengo la mía" (Surah 109).
La devoción al cristianismo (o al judaísmo) exige
marcar una línea firme entre éstas y las demás religiones; lo mismo
sirve sin duda para el Islam. Sin embargo, establecer una barrera que
impida la disolución del compromiso religioso de uno mismo no es lo
mismo que provocar innecesariamente una disputa, en un periodo de
tensiones extremas y graves consecuencias, con los que están inspirados
por otro compromiso religioso. Ésta es una lección que pudiera pensarse
que el Vaticano había aprendido en sus relaciones con los judíos. Y
quizá lo haya aprendido, en este punto me sigo inclinando a dar a
Benedicto el beneficio de la duda, y a recordar a mis compañeros
musulmanes otro versículo del Corán: "sean corteses cuando discutan con
el Pueblo del Libro... Digan: 'creemos en lo que nos ha sido revelado y
que os fue revelado. Nuestro Dios y Vuestro Dios es uno'" (Surah 29:46).
Deben prevenirse los horrores de nuevas cruzadas y
un uso aún mayor de la Jihad como excusa para asesinatos en masa. En
particular, una potencia democratizadora estadounidense no puede basar
su intervención en el mundo musulmán en el odio al Islam. La solución
reside en los valores de la universitas que Benedicto alabó en su
conferencia bávara. Estos valores se encarnan en un discurso prudente e
inteligente, firme en sus creencias, pero receloso de la improvisación y
las prisas, tanto para atacar con la palabra como para responder a ese
ataque.
Stephen Schwartz, escritor estadounidense, es
director ejecutivo del Centro Islámico del Pluralismo.
Traducción: Lluis A. Iglesias