The Other Islam by Stephen Schwartz



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Photos: Stephen Schwartz

Center for Islamic Pluralism-Washington, DC

"Salaat ul-janaza [Funeral service] of Sayyid Muhammad ibn Alawi Al Maliki, The Grand Mosque in Mecca, October 2004The Sheikh Al–Islam Fil-Balad Al-Haram Al-Sharif

 

 

 

 

 

 

"Salaat ul-janaza [Funeral service] of Sayyid Muhammad ibn Alawi Al Maliki, The Grand Mosque in Mecca, October 2004" -- (see)  The Sheikh Al–Islam Fil-Balad Al-Haram Al-Sharif

"Surely, those who believe, and the Jews and the Christians and the Sabians, whoever have faith with true hearts in Allah and in the Last-day and do good deeds, their reward is with their Lord, and there shall be no fear for them nor any grief."  Qur'an 2:62

The Other Islam by Stephen Schwartz

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Stephen Suleyman Schwartz: Why I Serve As Executive Director of CIP!

 

Benedicto XVI y el Islam: El beneficio de la duda
 
Reforma, Mexico, D.F., October 1, 2006
 
 
Al parecer era demasiado esperar que Occidente, al lidiar con el reto del Islam después de las atrocidades experimentadas en Nueva York y Washington cinco años atrás, lo hiciera con un espíritu de precaución, precisión y racionalidad, con lo que reflejaría los valores por los que Occidente ha sido alabado durante tanto tiempo. En cambio, con el paso del tiempo y al hacerse más profundo y serio el temor al "choque de civilizaciones", la cobertura perspicaz sobre el mundo musulmán se convierte en masa flácida e informe en los medios de comunicación de la corriente principal, las interpretaciones intelectuales que pretenden hacer distinciones en lugar de crear confusión, son copiadas y vulgarizadas, por lo que resulta imposible diferenciar a muchos de los que aseguran defender los valores liberales y el diálogo abierto, a ambos lados de un abismo cada vez mayor, de los intolerantes que sólo saben gritar. La prevalencia de opiniones apresuradas y expresadas o escritas sin reflexión aparente no sirven de ayuda en esta situación.
 
El esfuerzo por moderar el conflicto entre culturas, posibilitando que a ambos lados se escuchen voces racionales, parece condenado al fracaso. Las opiniones de los informados e inteligentes seguirán ahogadas por el ingenio de quienes se sienten orgullosos de su ignorancia y cinismo; las cuestiones más sutiles y menos conocidas se transformarán en productos del mercado de masas para el consumo de falsos intelectuales. En el caos de la retórica se aplastará el instinto religioso hacia la meditación, el retiro del ruido del mundo y el refinamiento de la espiritualidad.
 
Un ejemplo reciente del diálogo de sordos entre musulmanes y no musulmanes hizo su estridente aparición tras la controversia originada por las palabras del Papa Benedicto XVI en conferencia sobre filosofía en una universidad de Baviera, Alemania. La conferencia, aparentemente ser, no ha sido leída totalmente por muchas personas fuera del entorno católico, y es extremadamente dudoso que si se lee vaya a ser entendida por la gran mayoría del público. El texto presenta un comentario católico sobre diferentes cuestiones filosóficas que son impenetrables para el lector común, como lo parecerían los argumentos de los teólogos musulmanes para quienes se encuentran fuera de la élite de la comunidad islámica.
 
No soy experto en teología cristiana y no intentaré dar una interpretación exhaustiva de la conferencia de Benedicto, que, sin embargo, sí he leído entera. Soy un musulmán tradicional y espiritual que durante mucho tiempo ha trabajado en estrecha armonía con instituciones católicas, en solidaridad con creyentes católicos oprimidos en lugares como Nicaragua y los Balcanes. He publicado, y estoy en proceso de escribir más sobre la considerable influencia del intelecto islámico sobre la sensibilidad católica; desde la recuperación de la filosofía griega por Ibn Sina, persa del siglo 11, e Ibn Rushd, árabe español del siglo 12 (Avicena y Averroes en Occidente) hasta las lecturas de los clásicos sufíes por parte de los místicos franciscanos del siglo 14 y sus sucesores católicos españoles.
 
El escándalo por la conferencia de Benedicto se centra principalmente en un solo párrafo casi al principio, en el que el Papa citó a Manuel II Paleólogo, gobernante bizantino (esto es, cristiano del este europeo) en una agitada condena del Islam: "Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba". La cita parece casi gratuita, a primera vista desconectada del resto del texto. Si por sí sola parece, siendo benignos, que es incendiaria, en su contexto se ve rodeada por una aureola de errores garrafales. Benedicto cita y rechaza un versículo o ayat en el Corán: "no habrá obligatoriedad en la religión", proporcionando la referencia textual correcta (2:256), pero confundiendo un versículo con un surah o capítulo. El Papa también aventura cierto análisis inexacto del lugar de este ayat en la cronología de la revelación del Corán a Mahoma (la paz esté con él). Benedicto pasa a elucubrar sobre los comentarios del mandatario bizantino como una crítica a la propagación de la religión por la fuerza.
 
Existen otros problemas de inexactitud en la conferencia. Benedicto se refiere al teólogo y teórico de la literatura Ibn Hazm, árabe español del siglo 11, por el nombre incorrecto de "Ibn Hazn" en referencias extraídas de una fuente secundaria, el estudioso francés Roger Arnaldez. Benedicto adjudica a Ibn Hazm la creencia de que Dios no sólo no necesitaba dotar a la humanidad con la verdad, sino que podía haber mantenido a los habitantes de la Tierra en un estado de idolatría. De esta manera, Benedicto intenta contrastar la aceptación de la razón en el cristianismo con una negación de la razón divina en el Islam.
 
El tema es extremadamente complejo y no ganará en claridad con descalificaciones simplistas. Ibn Hazm nunca ha sido considerado una figura de la corriente principal en el Islam, y también tiene la desafortunada distinción, como apuntó el eminente estudioso de la historia islámica Bernard Lewis, de ser el único pensador musulmán del periodo clásico en escribir una polémica argumentada contra el judaísmo como fe. Por desgracia, los escritos de Ibn Hazm, más que los de cualquier otro musulmán prominente, han sido malinterpretados y explotados por comentaristas modernos superficialmente, así que Benedicto goza de numerosa compañía en esta cuestión. Y como opinión de mi propia cosecha, Dios dejó a los antepasados de los cristianos y judíos modernos en un estado de idolatría durante mucho tiempo antes de la llegada de Abraham y Jesús; y la idolatría o politeísmo todavía existe en muchas partes del mundo. No pretendo discutir los cimientos del cristianismo con el Papa. Sin embargo, el Islam proclama a Adán (la paz sea con él) como el primer profeta, lo cual implica que Dios, la creación y la religión estaban íntimamente unidas desde el principio.
 
Los reportes sobre esta lamentable e improductiva conmoción por lo general han ignorado su probable significado real. Es muy dudoso que Benedicto pretendiera que sus comentarios reflexionaran sobre el Islam. Más bien, el Papa deseaba desde hace mucho tiempo mantener una reunión en Estambul, Turquía, programada para fechas posteriores de este mismo año, con Bartolomeo I, el patriarca ecuménico de Constantinopla (antiguo nombre de Estambul). Es muy posible que Benedicto pretendiera que su referencia a un aristócrata bizantino y la defensa general en su conferencia del legado griego, o helenismo --un término con diferentes significados para creencias diferentes-- sirviera de gesto conciliatorio hacia su contraparte en Estambul. Esto explicaría por qué Benedicto sacó a la palestra a una figura bizantina que opinó en un momento en el que el cisma entre Constantinopla y Roma ya existía desde hacía unos 350 años, desde 1054. (Sería revelador comparar los puntos de vista de Manuel II Paleólogo sobre el Islam con sus sentimientos hacia los católicos, quienes habían saqueado Bizancio en 1203, 200 años antes de su comentario sobre la guerra santa. También resultaría útil examinar las actitudes de los gobernantes bizantinos hacia los judíos, que tenían un estatus menor con los griegos que con los musulmanes).
 
La visita papal a Estambul había sido fijada finalmente después de muchas obstrucciones por parte del Gobierno de la República Turca. Los secularistas turcos, lejos de expresar un resentimiento islámico hacia Benedicto, se sentían incómodos por una reunión en la que Benedicto sería reconocido como cabeza del Estado del Vaticano; esto es, de una entidad teocrática. Los turcos encontraron una forma para que no se interrumpieran los planes de realizar la reunión; pero, ¿se puede ahora reprochar a los turcos si piden que se aplace el encuentro en territorio turco entre católicos y ortodoxos? En estos momentos, se correrá un riesgo importante de agitación popular por parte de islamistas extremistas, que es exactamente lo que el Gobierno turco más teme. Sin embargo, resulta más desafortunado imaginar que el Papa y el Patriarca Ecuménico intenten encontrar un terreno común para denigrar a los musulmanes.
 
Se podría decir mucho más sobre este incidente. La Iglesia cristiana sin duda superó a los musulmanes, a lo largo de la historia, en conversiones por la espada y, si no fuera por un probable deseo de mejorar las relaciones con los cristianos ortodoxos, es más que un poco surrealista que el Papa saque el tema a colación. Soy quizá uno en 10 millones de estadounidenses que sabe quiénes fueron los polabios, livonios e ingrianos: tribus paganas reducidas a unos cuantos supervivientes durante la cristianización por la fuerza del norte de Europa. Todo el mundo recuerda el destino de los habitantes paganos del Nuevo Mundo, las islas del Pacífico y otras localidades donde penetró la espada del cristianismo. Existen hoy en día demagogos que dedican considerables esfuerzos a condenar a los gobernantes musulmanes por supuestamente tratar a los cristianos, judíos, zoroastrianos, hindúes y otros creyentes sobre los que gobernaban como "súbditos de segunda" al exigirles pagar un impuesto. Pero uno se pregunta cómo habrían respondido los conquistadores españoles o los colonos de Massachusetts a la sugerencia de que gravaran con impuestos a los pueblos nativos del Nuevo Mundo en lugar de convertirlos o expulsarlos de sus tierras. Por lo menos los hindúes sobrevivieron, en un número bastante grande, cuando se compara con, por ejemplo, los aztecas. Sin embargo, ninguna de estas cuestiones, independientemente de que estén ocultas o a la vista en los medios de comunicación, son necesariamente relevantes para evitar el choque de civilizaciones o incluso, a corto plazo, para disuadir a algunos radicales musulmanes de utilizar la conferencia de Benedicto como pretexto para promover su propia negación de la tolerancia.
 
La pregunta central es mucho más sencilla: ¿cómo debe un líder cristiano tratar a los musulmanes o comentar sobre el Islam?
 
Ningún musulmán tradicional, de la corriente principal o conservador espera que el Papa o cualquier otra figura religiosa no musulmana renuncie a la defensa de la revelación distintiva que define a una comunidad de fe específica. Si el Papa anunciara de repente que no hay diferencia entre el cristianismo y el Islam (aplicando un vocabulario ecuménico kumbayá, esto es, de "fraternidad") dejaría de existir mucha de la justificación para ocupar el trono papal, o para que exista el Vaticano o la comunión católica. El líder de la Iglesia católica romana está moralmente obligado a predicar su fe, a sostener sus principios y a proteger a quienes lo siguen, de manera elocuente y agresiva y, si es necesario, a defender la Iglesia por la fuerza. Ningún musulmán en su sano juicio espera otra cosa. El Corán enseña, además de a repudiar la obligatoriedad en la religión, que "yo no adoro lo que tú adoras, ni tú adoras lo que yo adoro. Nunca adoraré lo que tú adoras ni nunca adorarás lo que yo adoro. Tienes tu propia religión y yo tengo la mía" (Surah 109).
 
La devoción al cristianismo (o al judaísmo) exige marcar una línea firme entre éstas y las demás religiones; lo mismo sirve sin duda para el Islam. Sin embargo, establecer una barrera que impida la disolución del compromiso religioso de uno mismo no es lo mismo que provocar innecesariamente una disputa, en un periodo de tensiones extremas y graves consecuencias, con los que están inspirados por otro compromiso religioso. Ésta es una lección que pudiera pensarse que el Vaticano había aprendido en sus relaciones con los judíos. Y quizá lo haya aprendido, en este punto me sigo inclinando a dar a Benedicto el beneficio de la duda, y a recordar a mis compañeros musulmanes otro versículo del Corán: "sean corteses cuando discutan con el Pueblo del Libro... Digan: 'creemos en lo que nos ha sido revelado y que os fue revelado. Nuestro Dios y Vuestro Dios es uno'" (Surah 29:46).
 
Deben prevenirse los horrores de nuevas cruzadas y un uso aún mayor de la Jihad como excusa para asesinatos en masa. En particular, una potencia democratizadora estadounidense no puede basar su intervención en el mundo musulmán en el odio al Islam. La solución reside en los valores de la universitas que Benedicto alabó en su conferencia bávara. Estos valores se encarnan en un discurso prudente e inteligente, firme en sus creencias, pero receloso de la improvisación y las prisas, tanto para atacar con la palabra como para responder a ese ataque.
 
Stephen Schwartz, escritor estadounidense, es director ejecutivo del Centro Islámico del Pluralismo.
Traducción: Lluis A. Iglesias