¿Quién es responsable del desastre de Mesopotamia?
por Stephen Schwartz
Thomas Donnelly ha precisado
uno de los muchos elementos disonantes en la cobertura de la guerra de Irak por
parte de los medios importantes. El domingo 8 de julio, la página editorial del New York Times llamaba
estridentemente a "abandonar Irak,
sin más retraso que el que necesite el Pentágono para organizar una salida
ordenada".
Pero la principal noticia en [el apartado] "Week in Review"
del diario, que también incluye los editoriales, estaba firmada por el veterano
corresponsal de guerra John Burns, que describía una situación iraquí que
difícilmente apoya una postura así. Las fuerzas de la Coalición encabezadas por
Estados Unidos han tenido éxito liberando la ciudad de Ramadi de Al-Qaida en la
provincia de Anbar, de predominio sunita, un año
después de que el servicio de Inteligencia del Cuerpo de los Marines asumiera
que Ramadi estaba perdida. Burns informa que la alianza entre la Coalición y
los enemigos árabes sunitas de Al Qaeda "han puesto punto y final a la lucha en Ramadi y relanzado la ciudad
como símbolo de esperanza de que la tendencia de la guerra bien podría ser
invertida aún en favor de los americanos y sus aliados iraquíes”.
He aquí un ejemplo bastante extraordinario de la
confusión en los principales medios. Los comentaristas y críticos políticos
americanos, cerrando filas en un coro en defensa de la huida, vomitan diversos
clichés derrotistas al tiempo que la posibilidad de una victoria de la
Coalición en Mesopotamia sigue presente. Entre los argumentos en favor de dejar
Irak a su suerte, se nos cuenta que las victorias en combate de alguna manera
fracasarán a la hora de traer alguna estabilidad política. También se afirma
que retirarse de Irak incrementará la autoridad norteamericana entre los
líderes de Irak -- un festival de fantasías Demócratas. Al igual que un grupo
similar de consejeros radicados en Washington a favor de la reubicación
étnica en o desde Irak, algunos están seguros de que las inevitables tormentas de
fuego y sangre que seguirán a la huida americana de Bagdad son de alguna manera
preferibles a "la limpieza religiosa
y étnica a cámara lenta”.
Según esa manera de pensar, el primer asentamiento
permanente de los refugiados, presumiblemente con los árabes sunitas reubicados
en Kuwait o Arabia Saudí, es un medio aceptable a la paz a corto plazo, un
objetivo supuestamente preferible a la libertad en la región a largo plazo. Ésa
fue la misma lógica que muchos americanos y europeos aplicaron a la guerra de Bosnia,
y mientras que los Acuerdos de Dayton de 1995 pusieron fin al conflicto armado, dejaron Bosnia
Herzegovina dividida y drásticamente debilitada, recompensando a la agresión
serbia de la misma manera que una salida súbita de Irak encabezada por Estados
Unidos engrandecería a Al-Qaida más allá de toda predicción.
Nadie en Occidente parece querer decir en voz alta lo que
sabemos todos los musulmanes: la derrota norteamericana de Irak será proyectada
por Al -Qaida ante el mundo como el equivalente a la derrota soviética en
Afganistán -- una indicación divina de que Occidente es doblegado y está a
punto de colapsar. Pensar que el flujo de sangre en Gaza, en Gran Bretaña y por
todas partes, tanto en países musulmanes como occidentales, no crecerá ni se
expandirá es absurdo. Por supuesto, América no descansa sobre cimientos
tambaleantes como los del Comunismo soviético, y no se va a desintegrar. Pero
un crepúsculo de miedo y horror extendido por doquier no es en absoluto una
alternativa preferible.
Donnelly deduce dos lecciones útiles de las contradicciones en las páginas del New York Times. Una es que la deserción
de los jeques sunitas de la alianza con Al -Qaida después de la
importante ofensiva de la Coalición en Anbar pone de
manifiesto un principio observable a lo largo de toda la historia, en todos los
lugares y en cualquier momento: la victoria trae la paz.
La segunda refleja la observación de Burns de un
encuentro entre el lugarteniente Raymond Odierno, mando segundo de la Coalición, y un iraquí ordinario que anunciaba,
"¡América buena! ¡Al -Qaida mala!” Donnelly concluye, “Aparentemente, ésta es una guerra que es más
fácil de ver frente a frente que en la distancia". Pero eso se ha
venido cumpliendo desde la guerra civil española de los años 30; se cumplió en
Nicaragua en los años 80 y en la ex-Yugoslavia una década más tarde. Como he
afirmado repetidamente, la guerra sufrida por los iraquíes es tan diferente de
la debatida dentro de Washington que podemos hablar de dos guerras de Irak
diferentes, distintas y desvinculadas.
Pero mientras que ambas de las observaciones de Donnelly son correctas, es visible una mayor discrepancia
en la información de los medios, una que no necesita de acudir hasta Irak para distinguinrse exactamente igual que uno no necesitaba
viajar a España, Nicaragua o los Balcanes para captar las batallas entre el
bien y el mal que tuvieron lugar allí. El otro "vacío de Irak"
relaciona la constante reticencia por parte de los occidentales a reconocer la
principal identidad de los radicales sunitas extranjeros que tan rápidamente se
han alienado a sí mismos de los árabes sunitas iraquíes. A juzgar por la
formulación utilizada por un amplio abanico de medios, todo el mundo parece
estar de acuerdo en que los árabes sunitas de Anbar se han revuelto contra "extremistas islámicos" casi anónimos, cuya "rígida" o "severa" interpretación del islam
sunita resulta opresiva para los árabes iraquíes sunitas comunes.
Los radicales sunitas tienen un nombre. Son wahabíes, y
están respaldados por una poderosa facción dentro de Arabia Saudí, el vecino
sur de Irak.
Los medios continúan bailando la perdiz en torno a una
realidad que lleva siendo visible desde que la Coalición tomó Faluya a finales de 2004 -- hace casi tres años. Como escribí
entonces en TCSDaily, los habitantes de Faluya se revuelven contra los fundamentalistas árabes
sunitas que invadieron su ciudad y "montaron
una dictadura de corte Talibán en la que las mujeres que no cubrían el cuerpo
entero, las personas que escuchaban música o los miembros de las órdenes
espirituales sufíes... son objeto de torturas y ejecuciones... [Los
fundamentalistas] están financiados, son reclutados, y animados por lo demás
por el wahabismo, la religión estatal oficial de Arabia Saudí".
La verdad que falta en el relato de los medios sobre
Ramadi es la misma que sobre Faluya, y aunque
habitualmente brilla por su ausencia en las noticias occidentales, es conocida
por los musulmanes si prestan atención a los sucesos iraquíes. Los sunitas de Anbar, jeques y ciudadanos ordinarios, acusan profundamente
la tentativa de imposición de un orden sunita extremo sobre ellos y están
dispuestos a reconciliarse con los chiítas iraquíes y
a cooperar con la coalición encabezada por Estados Unidos con tal de evitar que
eche raíces.
¿Por qué permanecen los occidentales tan reticentes con
respecto al wahabismo y sus financieros saudíes? En casi seis años desde las
atrocidades del 11 de septiembre de 2001 - la entrada de los wahabíes, secta
islámica marginal en tiempos, en la corriente central de sucesos históricos
mundiales -- los musulmanes que llevamos décadas advirtiendo sobre el wahabismo
hemos visto a los principales medios adoptar el lenguaje que utilizan los
saudíes wahabíes para disfrazar sus intenciones. Al mundo le han contado que no
existe nada llamado wahabismo, solamente islam -- en la variante saudí
estándar, por supuesto - que los wahabíes rechazan la etiqueta (lo cual es
mentira); que el término correcto es "salafistas" (lo cual es
también incierto, puesto que los wahabíes se refieren a sí mismos como "salafistas"
solamente a efectos de camuflaje, por el mismo motivo que los estalinistas se
llamaban a sí mismos "progresistas").
También se ha acometido un esfuerzo considerable con tal
de evitar mencionar la nacionalidad saudí de la mayor parte de "los guerrilleros extranjeros" de
Irak. Pero hasta el príncipe saudí Nayef ibn Abd al-Aziz, que es la persona más cercana a los
clérigos wahabíes del reino, advertía el mes pasado a los saudíes en una
entrevista televisiva recogida por el Instituto de Investigación Mediática de
Oriente Medio, "Hermano, ¿eres
consciente de que tus hijos que van a Irak solamente son utilizados para
atentados? Ellos son los que perpetran los atentados. No soy solamente yo quien
dice esto, sino también los funcionarios iraquíes, incluyendo a los ministros
iraquíes del interior con los que me he reunido... Los saudíes son conducidos
[a Irak] con el fin de perpetrar atentados. O bien se adosan cinturones
explosivos y se inmolan en lugares públicos, o además conducen un coche, lo
empotran contra algo, y se inmolan".
El wahabismo y sus Reales patrones saudíes están
atrapados en una situación extremadamente difícil. El sistema monárquico ya no
puede funcionar a su manera habitual: los sujetos saudíes son cada vez más
reticentes a vivir según el estilo antiguo de vida. La ofensiva del terror
wahabí está fracasando en Irak, al margen del lanzamiento de la contraofensiva
terrorista global encaminada a ubicaciones tan débiles como los Balcanes,
aunque también invisible en el terror reiterado en Gran Bretaña. Hasta el
Príncipe Nayef, que preferiría ver
triunfar la línea jihadista, se ve obligado a admitir
que el vecino en llamas en Irak amenaza la estabilidad del reino saudí. Nayef se reúne con el ministro iraquí del interior, Jawad al-Bulani, un musulmán chiíta y por tanto representante de una tradición islámica
que desde hace tiempo no es objeto sino de insultos y humillaciones por parte
de los clientes religiosos de Nayef.
La fractura entre los sunitas de Anbar
y los entrometidos wahabíes podría ser explotada mejor por las fuerzas de la
Coalición si un esfuerzo diplomático norteamericano inmediato y urgente
obligase al rey saudí Abdalá a romper definitivamente con la estructura
ideológica wahabí, los clérigos que predican y reclutan para el terror en Irak
en particular. Entonces podríamos ver el final de la frívola especulación
mediática, vagamente mencionada, en torno a que Arabia Saudí añadirá su peso a
las demandas de los radicales árabes sunitas, o a que el estado saudí, que
históricamente maltrata a los refugiados palestinos y kuwaitíes, aceptaría una
solución inhumana basada en la "transferencia
de población" abriendo sus fronteras a los árabes sunitas desplazados
procedentes de Irak.
Se considera descortés por parte de muchos occidentales
sugerir que Al-Qaida en Irak explota la acrobacia pacifista de las cifras de la
opinión pública, pero ¿por qué debe extenderse esa cortesía también a los
financieros saudíes del terrorismo? ¿En qué momento la palabra con W -
wahabismo - pasó a ser censurada con tanta eficacia? ¿Por qué más periodistas y
demás figuras públicas no salen simplemente a la palestra y explicar el
significado y el papel del wahabismo al pueblo americano y al mundo? El
wahabismo no es tan atractivo para los occidentales como el Comunismo lo era en tiempos, ni
es tan ducho en la manipulación del público como del Nazismo. El
fundamentalismo de financiación saudí es la cosa más simple de explicar en el
mundo musulmán, contener y hasta refutar -- como sabemos los millones de
musulmanes moderados.
STEPHEN SCHWARTZ (Suleiman Ahmed
Schwartz) es Director Ejecutivo del Centro del Pluralismo Islámico
de Washington y periodista autor (entre otros libros acerca del islam y sus
subdivisiones y diferencias) del bestseller “Las dos
caras del islam: fundamentalismo saudí y su papel en el terrorismo (Doubleday).